Los hombres que no amaban a los árboles

El viejo roble de San Lázaro en San Roque del Acebal (Llanes – Asturias). 2010.

El viejo roble de San Lázaro en San Roque del Acebal (Llanes – Asturias). 2010.

En la biografía de Ignacio Abella se dice que pasó su temprana infancia en los viejos hayedos de la Sierra de Urbasa, y que quizás fue allí donde empezó a amar los árboles. Desde entonces, este naturalista ha recorrido diversas y casi siempre apartadas regiones del País Vasco y Asturias, entregándose al estudio y vivencia de la naturaleza y a un mundo rural en el que se halla plenamente integrado. Autodidacta, se ha aplicado a recoger las  tradiciones artesanales, agrícolas y forestales. Realiza así una labor de investigación creativa en la plantación, el mantenimiento y los cuidados de árboles, huertos y jardines, así como en el trabajo artesanal de la madera, la cerámica y otros materiales. También es autor de la obra ‘El hombre y la madera’, publicada por Integral, y de otros libros, y ha dirigido varios cursos de artesanía con la madera y didáctica de la naturaleza.

En Ponferrada estuvo coincidiendo con la celebración de las ‘III Jornadas Internacionales sobre el Tejo’. Recuerdo que entre todas las conferencias que escuché, de gran nivel, la suya fue la que elegí para mis lectores. Versaba sobre ‘La Cultura del Tejo’, que responde al título de un libro del mismo autor. El parlamento podéis reencontrarlo en el enlace que os facilito al pie de este artículo.

Asimismo, a través del boletín digital de  la Asociación ‘A Morteira’, tuve noticia de otro artículo publicado recientemente por este autor. En él lamentaba la desaparición de un centenario roble en San Roque del Acebal (Llanes – Asturias). Entre líneas pude sentir que esta desaparición, probablemente relacionada con un cuidado negligente del árbol, le procuró un gran dolor. Le comprendo muy bien, pues yo he sentido exactamente lo mismo en casos similares. Hace décadas que estos venerables ancianos de cientos de años despiertan mi admiración, y en ocasiones he recorrido grandes distancias sólo por el placer de verlos y fotografiarlos.

Ojalá la difusión de este texto pueda contribuir a despertar en otros el sentimiento necesario para que estos monumentos de la naturaleza se vean mejor protegidos por nuestras administraciones.

Un ecologista en El Bierzo.

Los hombres que no amaban a los árboles, por Ignacio Abella.

Ignacio Abella, con el centenario tejo de la iglesia de Santiago Apóstol en Caravia Baja al fondo.

Ignacio Abella, con el centenario tejo de la iglesia de Santiago Apóstol en Caravia Baja al fondo.

Cuando el 24 de agosto, cayó el viejo roble de San Lázaro en San Roque del Acebal (Llanes – Asturias), cayeron siglos de historia de un robledal del que éste ejemplar era el último testigo. Se ha especulado desde entonces si fue ayudado a caer porque pudiera estorbar en los trabajos de la Autopista del Cantábrico que se desarrollan a 50 metros del árbol.

No me atrevo a dar un diagnóstico concluyente, pero después de ver cómo van cayendo los viejos, uno tras otro, siempre antes de tiempo, víctimas de todo tipo de maltratos y barbaries de quienes no pueden entender estos gigantescos ejemplares más que como un estorbo para sus planes y proyectos, es difícil no pensar de nuevo en el género humano como verdugo de esa mole de madera y ramas que hoy yace desparramada en un prado.

Recientemente se había incluido en un catálogo de “Árboles singulares del concejo de Llanes”, sin duda por méritos propios. Pero en vista de lo que sucede con este y otros árboles, como los declarados Monumento Natural en Asturias, se diría que estos inventarios se hacen para ir tachando poco a poco los que caen, como digo “antes de tiempo”, pues aunque siempre haya quien encuentre causas naturales como el viento o la lluvia, casi siempre podemos encontrar las verdaderas causas, a poco que indaguemos en la historia reciente de cada ejemplar.

Lo primero que llama la atención a quien quiera visitar los restos, es que justo en la base, las raíces tienen restos de madera y corteza carbonizados y aún huele a chamusquina como si se tratara de un fuego reciente. En el lado norte, pueden verse unos ladrillos macizos semienterrados justo al lado del tronco, cuya finalidad no conocemos pero que en todo caso debieron cercenar hace ya años importantes raíces, como las que pueden verse podridas en el sistema radicular, bastante escaso para un árbol de éste tamaño.

El viejo roble de San Lázaro en San Roque del Acebal (Llanes - Asturias) abatido. 2011.

El viejo roble de San Lázaro en San Roque del Acebal (Llanes – Asturias) abatido. 2011.

Pero lo que es difícil de entender es que a 50 metros una máquina pilotadora esté excavando los profundos cimientos que servirán de base a las columnas de autopista que se están construyendo allí mismo y que las obras discurran a tan nimia distancia con todo el trasiego de monstruosas maquinarias: apisonadoras, camiones, excavadoras… que sin duda han contribuido en gran medida a acelerar el fin de este auténtico gigante.

Quienes lo conocimos y visitamos en vida, no podemos dejar de sentir, a través del árbol, el fin de toda una era. Fernando Fueyo, el mejor pintor de árboles que conozco, me confesó desolado que durante décadas contempló y fue presentando el roblón a sus amigos con el orgullo de quien ha descubierto un nuevo mundo.

Desgraciadamente abundan los hombres que no aman a los árboles y siempre encuentran alguna justificación para su caída. “Llovió toda la tarde”, escuché decir a un paisano como explicación del fin de un árbol que vivió decenas de miles de lluvias.

No sé si hay un culpable que haya procurado el derrumbe del coloso con malas artes, pero lo que sí está claro es el absurdo de todo lo que ha ido sucediendo alrededor de este roble hasta llegar al punto de construirle una autopista adosada. Quizá, pensarán de nuevo los hombres que no aman a los árboles, ha decidido tirarse.

El hayedo de Urbasa. 2011. Webjoseantonio.es.

El hayedo de Urbasa. 2011. Webjoseantonio.es.

Pero en la cultura de los lacandones, gente que sí quiere a sus árboles, se cuenta que cuando el dios Hach Akyum hizo el cielo y la tierra, sembró al mismo tiempo estrellas y árboles. Y desde entonces cuando cae un árbol, una estrella cae en el cielo.

Todo está unido en la tradición lacandona, según contaba el líder Chankin Viejo y cuando caiga el último árbol los dioses no tendrán más alimento.

Ignacio Abella.

Los hombres que no amaban a los árboles. 13/09/11. Memoriadelbosque.blogspot.com.

 III Jornadas Internacionales sobre el Tejo en Ponferrada. 01/04/10. Unecologistaenelbierzo.wordpress.com.

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